lunes, 2 de marzo de 2026

Silvina Ocampo / Poemas

 


Vanidad de vanidades

Vivimos para una casa 
que no podremos construir,
para un viaje que no haremos
y para un libro que nunca
llegaremos a escribir;
como un dibujo trazado
en una hoja cuyos límites
exiguos no han permitido
la inclusión total de un plano. 



Estatuas anónimas

No son estatuas fenicias, ni de la edad de piedra,
ni del año dos mil, ni amputadas, ni enteras.
Son heroicas,
funerarias, eróticas.
Hay que acercarse.
Concemplarlas,
comprenderlas.
Son dramáticas. Muy antiguas
como todo lo antiguo muy modernas.
Son troncos de árboles que imploran al cielo
vivir de nuevo, respirar de nuevo,
beber de nuevo.
Ser lo que eran.


Hueco de un tronco

No es un templo pero pueden entrar 
no hay un altar pero pueden rezar
no hay música pero se puede oír algo mejor 
no hay flores pero hay un perfume
que embriaga
no hay sol pero brillan reflejos 
más ardientes que una estrella
no es de noche pero la oscuridad es inmensa 
no hay mentiras pero el misterio es total
no hay espejos ni horizontes ni frutos
no hay ni una sola ni un gato ni un perro hay sólo silencio 
el respetuoso silencio de las formas arcanas
que Dios ha regalado a un árbol
para que sea nuestro siendo de cualquiera. 

 

Oscuridad

Tal vez nadie te ame como te amé aquel día.
No yo misma. Qué oscuro estaba el aposento.
En la dicha que fue también padecimiento
tu clandestinidad era, en tinieblas, mía.

Las cortinas metálicas y las ruedas que giran,
el confuso rumor de ascensores, los cables,
en el viento afilado las escalas variables,
los gritos ambulantes, con voces que se estiran,

no anunciaban que afuera persistieran las cosas
como siempre: las tiendas, la gente, los carruajes,
los letreros políticos, las miserias, los viajes,
los portafolios rotos, los zapatos, las rosas.

Y para recordarte, sin querer, en mi olvido
compuse este catálogo de sonidos diversos
ahora descifrables, antes vagos, dispersos,
que paulatinamente adquirieron sentido,

rostros, mitos y luego complejas vestiduras,
rituales perfecciones, edificios de frente,
en esa luz que a veces aun sin amor consiente
como la eternidad a elaborar figuras.



Al rencor


No vengas, te conjuro, con tus piedras;
con tu vetusto horror con tu consejo;
con tu escudo brillante con tu espejo;
con tu verdor insólito de hiedras.

En aquel árbol la torcaza es mía;
no cubras con tus gritos su canción;
me conmueve, me llega al corazón,
repudia el mármol de tu mano fría.

Te reconozco siempre. No, no vengas.
Prometí no mirar tu aviesa cara
cada vez que lloré sola en tu avara
desolación. Y si de mí te vengas,

que épica sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.

Entre rosas, jazmines que envenenas,
¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?
Haz brotar sangre al menos de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.  

 
 
Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903 — Buenos Aires, 1993), Poesía completa II, Emecé Editores, 2003. 

 

 

 

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