sábado, 28 de febrero de 2026

Hilda Hilst / Me mataría en marzo

 

 

Me mataría en marzo

si te parecieras​​ 

a las cosas perecederas.

Pero no. Fuiste casi exacto:

dulzura, calma, amor, amigo.


Me mataría en marzo

de no ser por esta nostalgia que tengo de ti.

Y la​​ incertidumbre​​ del descanso.

Si yo sobreviviera casi nula,​​ 

Inerte como el silencio:

El verdadero silencio de catedral vacía,

sin santo, sin altar. Sólo yo misma.


Y si no fuera verano,

Y si no fuera el miedo de la sombra,

el miedo de la lápida en la oscuridad,

el miedo de que sobre mí

broten plantas​​ y​​ entierren

sus raíces en mis dedos.


Me mataría en marzo

Si el miedo fuera amor.

Si marzo, junio.

 

viernes, 27 de febrero de 2026

José Gorostiza / Muerte sin fin


Muerte sin fin

Conmigo está el consejo y el ser;
yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza.
Proverbios, 8, 14.
 
Con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia
todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo.
Proverbios, 8, 30.
 
Mas el que peca contra mí defrauda su alma; 
todos los que me aborrecen aman la muerte.
Proverbios, 8, 36.


I
 
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!
 
 
II
 
¡Más que vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
—en el terco repaso de la acera,
en el bar, entre dos amargas copas
o en las cumbres peladas del insomnio—
ocurre, nada más, madura, cae
sencillamente,
como la edad, el fruto y la catástrofe.
¿También —mejor que un lecho— para el agua
no es un vaso el minuto incandescente
de su maduración?
Es el tiempo de Dios que aflora un día,
que cae, nada más, madura, ocurre,
para tornar mañana por sorpresa
en un estéril repetirse inédito,
como el de esas eléctricas palabras
—nunca aprehendidas,
siempre nuestras—
que aluden el amor de la memoria,
pero que a cada instante nos sonríen
desde sus claros huecos
en nuestras propias frases despobladas.
Es un vaso de tiempo que nos iza
en sus azules botareles de aire
y nos pone su máscara grandiosa ay,
tan perfecta,
que no difiere un rasgo de nosotros.
Pero en las zonas ínfimas del ojo,
en su nimio saber,
no ocurre nada, no, sólo esta luz,
esta febril diafanidad tirante,
hecha toda de pura exaltación,
que a través de su nítida substancia
nos permite mirar,
sin verlo a Él, a Dios,
lo que detrás de Él anda escondido:
el tintero, la silla, el calendario
—¡todo a voces azules el secreto
de su infantil mécanica!—
en el instante mismo que se empeñan
en el tortuoso afán del universo.
 
 
III
 
Pero en las zonas ínfimas del ojo
no ocurre nada, no, sólo esta luz
—ay, hermano Francisco,
esta alegría,
única, riente claridad del alma.
Un disfrutar en corro de presencias,
de todos los pronombres —antes turbios
por la gruesa efusión de su egoísmo—
de mí y de Él y de nosotros tres
¡siempre tres!
mientras nos recreamos hondamente
en este buen candor que todo ignora,
en esta aguda ingenuidad del ánimo
que se pone a soñar a pleno sol
y sueña los pretéritos de moho,
la antigua rosa ausente
y el promedio fruto de mañana,
como un espejo del revés, opaco,
que al consultar la hondura de la imagen
le arrancara otro espejo por respuesta.
Mirad con qué pueril austeridad graciosa
distribuye los mundos en el caos,
los echa a andar acordes como autómatas;
al impulso didáctico del índice
oscuramente
¡hop!
los apostrofa
y saca de ellos cintas de sorpresas
que en un juego sinfónico articula,
mezclando en la insistencia de los ritmos
¡planta-semila-planta!
¡planta-semila-planta!
su tierna brisa, sus follajes tiernos,
su luna azul, descalza, entre la nieve,
sus mares plácidos de cobre
y mil y un encantadores gorgoritos.
Después, en un crescendo insostenible,
mirad cómo dispara cielo arriba,
desde el mar,
el tiro prodigioso de la carne
que aún a la alta nube menoscaba
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
 
 
IV
 
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en la prisma del llanto las deshace,
las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.
 
 
V
 
¡Oh inteligencia, soledad en llamas
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose a sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
                ¡ALELUYA, ALELUYA!
 
 
VI
 

Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!

¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
«¡Yo, el heliotropo, yo!»
«¿Yo? El jazmín.»

Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.

Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.

El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.

Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.

Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.

Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.

Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.

[BAILE]

Pobrecilla del agua,
ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de agua.

 
VII
 
En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma
—ciertamente.
Trae una sed de siglos en los belfos,
una sed fría, en punta, que ara cauces
en el sueño moroso de la tierra,
que perfora sus miembros florecidos,
como una sangre cáustica,
incendiándolos, ay, abriendo en ellos
desapacibles úlceras de insomnio.
Más amor que sed; más que amor, idolatría,
dispersión de criatura estupefacta
ante el fulgor que blande
—germen del trueno olímpico— la forma
en sus netos contornos fascinados.
¡Idolatría, sí idolatría!
Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo reflejos
—briznas de espuma
para el ala de luz que en ella anida;
quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo,
para mirar el ojo que la mira.
En el lago, en la charca, en el estanque,
en la entumida cuenca de la mano,
se consuma este rito de eslabones,
este enlace diabólico
que encadena el amor a su pecado.
En el nítido rostro sin facciones
el agua, poseída,
siente cuajar la máscara de espejos
que el dibujo del vaso le procura.
Ha encontrado, por fin,
en su correr sonámbulo,
una bella, puntual fisonomía.
Ya puede estar de pie frente a las cosas.
Ya es ella también, aunque por arte
de estas limpias metáforas cruzadas,
un encendido vaso de figuras.
El camino, la barda, los castaños,
para durar el tiempo de una muerte
gratuita y prematura, pero bella,
ingresan por su impulso
en el suplicio de la imagen propia
y en medio del jardín, bajo las nubes,
descarnada lección de poesía,
instalan un infierno alucinante.
 
 
VIII
 
Pero el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.
Epigrama de espuma que se espiga
ante un auditorio anestesiado,
incisivo clamor que la sordera
tenaz de los objetos amordaza,
flor mineral que se abre para adentro
hacia su propia luz,
espejo ególatra
que se absorbe a sí mismo contemplándose.
Hay algo en él, no obstante, acaso un alma,
el instinto augural de las arenas,
una llaga tal vez que debe al fuego,
en donde le atosiga su vacío.
Desde este erial aspira a ser colmado.
En el agua, en el vino, en el aceite,
articula el guión de su deseo;
se ablanda, se adelgaza;
ya su sobrio dibujo se le nubla,
ya embozado en el giro de un reflejo,
en un llanto de luces se liquida.
 
 
IX
 
Mas la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,
magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante.
Está orgullosa de su orondo imperio.
¡En las augustas pituitarias de ónice
no juega, acaso, el encendido aroma
con que arde a sus pies la poesía?
¡Ilusión, nada más gentil narcótico
que puebla de fantasmas los sentidos!
Pues desde ahí donde el dolor emite
¡oh turbio sol de podre!
el esmerado brillo que lo embosca,
ay, desde ahí, presume la materia
que apenas cuaja su dibujo estricto
y ya es un jardín de huellas fósiles,
estruendoso fanal,
rojo timbre de alarma en los cruceros
que gobierna la ruta hacia otras formas.
La rosa edad que esmalta su epidermis
—senil recién nacida—
envejece por dentro a grandes siglos.
Trajo puesta la proa a lo amarillo.
El aire se coagula entre sus poros
como un sudor profuso
que se anticipa a destilar en ellos
una esencia de rosas subterráneas.
Los crudos garfios de su muerte suben,
como musgo, por grietas inasibles,
ay, la hostigan con tenues mordeduras
y abren hueco por fin a aquel minuto
—¡miradlo en la lenteja del reloj,
neto, puntual, exacto,
correrse un eslabón cada minuto!—
cuando al soplo infantil de un parpadeo,
la egregia masa de ademán ilustre
podrá caer de golpe hecha cenizas.
 
 
X
 
No obstante —¿por qué no?— también en ella
tiene un rincón el sueño,
árido paraíso sin manzana
donde suele escaparse de su rostro,
por el rostro marchito del espectro
que engendra aletargada, su costilla.
El vaso de agua es el momento justo.
En su audaz evasión se transfigura,
tuerce la órbita de su destino
y se arrastra en secreto hacia lo informe.
La rapiña del tacto no se ceba
—aquí, en el sueño inhóspito—
sobre el templado nácar de su vientre,
ni la flauta Don Juan que la requiebra
musita su cachonda serenata.
El sueño es cruel,
ay, punza, roe, quema, sangra, duele.
Tanto ignora infusiones como ungüentos.
En los sordos martillos que la afligen
la forma da en el gozo de la llaga
y el oscuro deleite del colapso.
Temprana madre de esa muerte niña
que nutre en sus escombros paulatinos,
anhela que se hundan sus cimientos
bajo sus plantas, ay, entorpecidas
por una espesa lentitud de lodo;
oye nacer el trueno del derrumbe;
siente que su materia se derrama
en un prurito de ácidas hormigas;
que, ya sin peso, flota
y en un claro silencio se deslíe.
Por un aire de espejos inminentes
¡oh impalpables derrotas del delirio!
cruza entonces, a velas desgarradas,
la airosa teoría de una nube.
 
 
XI
 
En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso
—a su vez—
cede a la informe condición del agua
a fin de que —a su vez— la forma misma,
la forma en sí, que está en el duro vaso
sosteniendo el rencor de su dureza
y está en el agua de aguijada espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso de agua;
un instante, no más,
no más que el mínimo
perpetuo instante del quebranto,
cuando la forma en sí, la pura forma,
se abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,
por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero,
a construir el escenario de la nada.
Las estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto al dardo insomne
a la noche perfecta de su aljaba.
 
XII
 
Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se abrasan, consumidos por su muerte
—¡ay, ojos, dedos, labios,
etéreas llamas del atroz incendio!—
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de las tinieblas;
y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en los escombros cotidianos
—ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.
 
 
XIII
 
Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema —confuso— en la garganta,
exhausto de sentido;
ay, su aéreo lenguaje de colores,
que así se jacta del matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de sus tibios bermellones;
él, que discurre en la ansiedad del labio
como una lenta rosa enamorada;
él, que cincela sus celos de paloma
y modula sus látigos feroces;
que salta en sus caídas
con un ruidoso síncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa
en las mustias cenizas del oído;
que oscuramente repta
e hinca enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoña;
él que labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga —confuso— en la garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un pozo desecado
que sostiene su mueca de agonía.
 
 
XIV
 
Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en cautelosas órbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas,
por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el ulises salmón de los regresos
y el delfín apolíneo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el bóreas de los ciervos presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el león babilónico
que añora el alabastro de los frisos
—¡flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!—
cuando todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la aguda alondra se deslíe
en el agua del alba,
mientras las aves todas
y el solitario búho que medita
con su antifaz de fósforo en la sombra,
la golondrina de escritura hebrea
y el pequeño gorrión, hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche enroscada del reptil;
cuando todo —por fin— lo que anda o repta
y todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,
regresa a sus orígenes
y al origen fatal de sus orígenes,
hasta que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.
 
 
XV
 
Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
—¡tragos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!—
todos se dan a un frenesí de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula su llanto
para urdir la substancia de un delirio
en que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oración ante su estrella;
cuando con él, desnudos, se sonrojan
el álamo temblón de encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
témpano de follaje
y tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, persiguiéndose;
y también el cerezo y el durazno
en su loca efusión de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo cuanto nace de raíces,
desde el heroico roble hasta la impúbera
menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y en la acerba raíz de sus raíces
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmóviles
¡oh cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de la piedra.
 
 
XVI
 
Porque desde el anciano roble heroico
hasta la impúbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en los duros jardines de la piedra,
cuando el rubí de angélicos melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un reflejo,
más el ario zafir de ojos azules
y la geórgica esmeralda que se anega
en el abrilde su robusta clorofila,
una a una, las piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, lapislázuli, alabastro,
pero también el oro prisionero
y la plata de lengua fidedigna,
ingenuo ruiseñor de los metales
que se ahoga en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterráneos
por las rutas candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pájaro de humo,
en su aterida combustión se arranca.
 
 
XVII
 
Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se consume
con un mohíno crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
                ¡ALELUYA, ALELUYA!
 
XVIII
 
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en sólo un golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas,
que acaso te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.

[BAILE]

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!


jueves, 26 de febrero de 2026

Anna Ajmátova / Tres poemas


La mujer de Lot

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios
por una montaña negra, siguiendo su huella,
mientras una voz incansable acosaba a la mujer:
—No es demasiado tarde, aun puedes mirar hacia atrás.

Hacia las torres rojas de tu Sodoma nativa, 
al patio donde una vez cantaste, al pabellón para hilar,
a las ventanas de la enorme casa
donde la descendencia santificó tu lecho conyugal.

Una sola mirada: súbita punzada de dolor
en sus ojos, antes de poder emitir cualquier sonido.
Su cuerpo se derritió en sal transparente
y sus ligeras piernas claváronse en la tierra.

¿Quién penará por esta mujer? ¿No le resulta
de sobra insignificante a nuestra incumbencia?
Incluso así, nunca la negaré en mi corazón,
ella que murió porque eligió volverse. 

 

Hay en la intimidad un límite sagrado...

Hay en la intimidad un límite sagrado
que trasponer no puede aun la pasión más loca
siquiera si el amor el corazón desgarra
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.

La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de llameante dicha,
cuando es el alma libre y no la vence
la dulce languidez del goce y la lascivia.

Pretenden alcanzarlo mentes enajenadas,
y a quienes lo trasponen los colma la tristeza.
¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón
no late a ritmo debajo de tu diestra?
 

 

Bocetos de Komarovo 
 
                              Oh musa del llanto
                                        M. Tsvetaiéva
 
... Y yo aquí renuncié a todo,
a todos los bienes terrenales:
el espíritu guardián de "este lugar"
es ahora la corteza de los árboles.
 
Todos somos huéspedes de la vida,
vivir es solo una costumbre.
Oigo en los caminos del aire
dos voces que dialogan.

¿Dos? Contra la pared del este,
junto a espesos arbustos de frambuesas,
hay una rama oscura, fresca, de saúco...
Es un mensaje de Marina.


     En el puerto, noviembre de 1961 (delirando)

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Hugo von Hofmannsthal / Tercetos sobre la fugacidad

 

 

I
 
Siento su aliento sobre las mejillas todavía.
¿Cómo es posible que días tan recientes
ya transcurrieran del todo y para siempre?
 
Esto es algo que nadie se imagina a fondo,
y demasiado atroz para lamentaciones,
todo se desliza y fluye ante uno mismo,
 
y mi propio yo, por nada impedido,
se me escurrió desde que fuera niño,
como inquietante perro, extraño y mudo.
 
Luego: yo también estuve hace cien años,
y mis antepasados, que en su mortaja
conmigo están emparentados como mi propio pelo,
 
uno comingo fueron como mi propio pelo.  
 
 
II 
 
Las horas en que miramos el azulear tan claro
del mar absortos, y la muerte comprendemos,
tan fácil y solemnemente y sin espanto,
 
como niñas pequeñas, que muy pálidas se muestran,
con grandes ojos, y que siempre sienten frío,
y miran mudas ante sí cuando anochece,
 
y saben que la vida fluye silenciosamente
desde sus miembros ebrios de ensueño,
hacia árboles y hierbas. Sin fuerzas y sonrientes,
 
se adornan como una santa vierte su sangre.
 
 
III
 
De la misma sustancia somos que los sueños,
y los sueños abren sus ojos igualmente,
como los niños pequeños bajo los cerezos,
 
desde cuya cima la luna llena asicende
un curso pálido y de oro por la inmensa noche.
...No de otro modo brotan nuestros sueños.
 
Están, y viven como niño que se ríe,
no menos grandes en su flotar arriba y hacia abajo,
que la luna llena despierta sobre las arbóreas cimas.
 
Aquello que es más íntimo se abre a su tejido,
como manos de espectros en un cuarto cerrado;
están en nuestro ser y siempre están con vida.
 
Y tres son unidad: los hombres, las cosas y los sueños.
 

martes, 24 de febrero de 2026

Dorothea Tanning / Tres poemas

 

 
Sequestrienne

No me mires
buscando respuestas. ¿Qué soy sino
un apodo,
una bruxista,
afinadora del color,
y punto de fuga?

Hubo un tiempo
de distancias medias, inolvidable,
una suerte de corte de encaje,
filamento verde flamígero
para cautivar mis
ojos de piel tirante.

Las motas del cielo tamizadas
hasta el blanco sal: la pintura 
es terreno del silencio; y yo,
yo estoy atada, inquieta,
un matiz de azul
en el estudio.

Si no es demasiado tarde
déjame desperdiciar un día
de mi historia.
Déjame ver sin
mirar dentro
al cristal roto.
 
 
Orphanotrophium

Seis en punto y el cielo ahí todavía.
Un poco de vida acorralada en las escaleras,
               ‎ ‎ ‎ ‎ una lección en blanco con algo de rojo
               ‎ ‎ ‎ ‎ agregado por conducta revoltosa —
 
               ‎ ‎ ‎ ‎ de acuerdo a las matronas y a los patrones.

Ningún libro escolar dice que un pedazo de hielo
pueda raspar y cortar sin derramar sangre
               ‎ ‎ ‎ ‎ 
               ‎ ‎ ‎ ‎ a través de las palabras de segunda mano
               ‎ ‎ ‎ ‎ que vestimos a pesar de la lengua y la corbata. 
 
               ‎ ‎ ‎ ‎ Entonces, ¿cómo hablar idiomas con fluidez?

Una inclinación de la cabeza para separar
el pulmón de todas esas bolitas coloridas
               ‎ ‎ ‎ ‎ dentro de la boca cubrirá tus rastros,
               ‎ ‎ ‎ ‎ soplará el polvo en el patio.
 
 
Informe desde el campo

Sublimación, una nueva versión de la piedad,
hace flotar la pintura y la hace andar,
todo a la deriva, un suspiro apenas audible

es el sonido del viento en el cuarto contiguo
soplando el polvo a la ansiedad. Un receptáculo favorito
contiene su respiración y su costura ocasional.

Sólo la artista será responsabilizada
por algo hasta ahora no dicho pero cierto,
por tener la corteza para dejar que la histérica

seriedad del sentimiento genuino pueda asomarse,
y observarse a sí misma en la vidriosa mirada
del Arte visto a través de un agujero en su zapato.

Pintora y poeta, en ocasiones acusada de estar mintiendo,
en agonía sabe que es más bien como estar muriendo.
 

 


 

lunes, 23 de febrero de 2026

Luis Cernuda / El joven marino



 
El joven marino

El mar, y nada más.

Insaciable, insaciable.
Con pie desnudo ibas sobre la olvidadiza arena,
dulcemente trastornado, como el hombre cuando un placer 
            espera,
tu cabello seguía la invocación frenética del viento;
todo tú vuelto apasionado albatros,
a quien su trágico desear brotaba en alas,
al único maestro respondías:
el mar, única criatura
que pudiera asumir tu vida poseyéndote.

Tuyo sólo en los ojos no te bastaba,
ni en el ligero abrazo del nadador indiferente;
lo querías aún más:
sus infalibles labios transparentes contra los tuyos ávidos.
tu quebrada cintura contra el argínteo escudo de su
            vientre, 
y la vida escapando,
como sangre sin cárcel,
desde el fatal olvido en que caías.

Ahí estás ya.
No puedes recordar,
porque ahora tú mismo eres quieto recuerdo;
y aquella remota belleza.
En tu cuerpo cifrada como feliz columna,
hoy sólo alienta en mí,
en mí que la revivo bajo esta oscura forma,
que cuando tú vivías
sobre un ara invisible te adivinaba erguido.

No te bastaba
el sol de lengua ardiente sobre el negro diamante de 
            tu piel,
a lo largo de tantas lentas mañanas, ganadas en ocio
            celeste, 
llenas de un áureo polen, igual que la corola de alguna 
            flor feliz,
de reposo divino, divina indiferencia;
caído el cuerpo flexible y seguro, como un arma mortal,
ante la gran criatura enigmática, el mar inexpresable,
sin deseo ni pena, igual a un dios, 
que sin embargo hubiera conocido, a semejanza del hombre,
nuestros deseos estériles, nuestras penas perdidas.

Mira también hacia lo lejos
aquellas oscuras tardes, cuando severas nubes,
denso enjambre de negras alas, 
silencio y zozobra vertían sobre el mar;
y en tanto las gaviotas encarnaban la angustia del aire 
            invadido por la tormenta,
recuérdale agitado, al mar, sacudiendo su entraña,
como demente que quisiera arrancar en la luz
eI núcleo secreto de su mal,
torciendo en olas su pálido cuerpo,
su inagotable cuerpo dolido,
trastornado ante tu amor, también inagotable,
sin que pudieras llevar sobre su frente atormentada
la concha protectora de una mano.

Las gracias vagabundas de abril
uabrieron sus menudas hojas sobre la arena perezosa.
na juventud nueva corría por las venas de los hombres 
            invernales;
escapaban timideces, escalofríos, pudores
ante el puñal radiante del deseo,
palabra ensordecedora para la criatura dolida en cuerpo 
            y espíritu
por las terribles mordeduras del amor,
porque el deseo se yergue sobre los despojos de la tormenta
cuando arde el sol en las playas del mundo.

Mas, ¿qué importan a mi vida las playas del mundo?
Es ésta solamente quien clava mi memoria,
porque en ella te vi cruzar, sombrío como una negra 
            aurora,
arrastrando las alas de tu hermosura
sobre su dilatada curva, semejante a una pomposa rama
abierta bajo la luz, 
con su armadura de altas rocas
caída hacia las dunas de adelfas y de palmas, 
en lánguido paraje del perezoso sur.

Aún ven mis ojos las salinas de sonrosadas aguas,
los leves molinos de viento 
y aquellos menudos cuerpos oscuros,
parsimoniosamente movibles,
junto a los bueyes fulvos,
transportando los lunáticos bloques de sal
sobre las vagonetas, tristes como todo lo que pertenece a
            los trabajos de la tierra, 
hasta las anchas barcas resbaladizas sobre el pecho del
            mar.

Quién podría vivir en la tierra 
si no fuera por el mar.

Cuántas veces te vi,
acariciados los ligeros tobillos por el ancho círculo de
            tu pantalón marino, 
el pecho y los hombros dilatados sobre la armoniosa cintura,
cubierto voluptuosamente de lana azul como de yedra,
el desdén esculpido sobre los duros labios,
anegarte frente al mar en una contemplación
más honda que la del hombre frente al cuerpo que
            ama. 
Cambiantes sentimientos nos enlazan con este o aquel 
            cuerpo,
y todos ellos no son sino sombras que velan
la forma suprema del amor, que por sí mismo late,
ciego ante las mudanzas de los cuerpos,
iluminado por el ardor de su propia llama invencible.

Yo te adoraba como cifra de todo cuerpo bello,
sin velos que mudaran la recóndita imagen del amor;
más que al mismo amor, más, ¿me oyes?,
insaciable como tú mismo.
Inagotable como tú mismo; 
aun sabiendo que el mar era el único ser de la creación 
            digno de ti
y tu cuerpo el único digno de su inhumana soberbia.

Era el atardecer. Las aves del día
huyeron ante el furtivo pensamiento de la sombra.
Los hombres descansaban en sus cabañas,
entre la mujer y los hijos,
desnudos los pies bajo la luz funeral del acetileno, 
acechando el sueño en sus yacijas junto al mar; 
como si no pudieran dormir lejos de lo que les hace
            vivir
y de lo que les hace morir.

Un gran silencio, una gran calma
daba con su presencia el mar;
pero también latía por el aire adormecido y fresco del 
            letal anochecer
un miedo oscuro
a no se sabe qué pálidos gigantes, 
dueños de grisáceas serpientes y negros hipocampos,
abriendo las sombrías aguas,
en lucha sus miembros retorcidos con rebeldes potencias 
            animales del abismo.

Las barcas, como leves espectros,
surgían lentamente desde la arena soñolienta,
voluptuosos cuerpos tibios,
con la gracia del animal que sabe volver los ojos implorantes
hacia las manos de su dueño, dispensadoras de protección 
            y de caricias,
y piensa tristemente que se alejan sin poder retenerlas.

No a estas horas,
no a estas horas de tregua cobarde,
al amanecer es cuando debías ir hacia el mar, joven 
            marino,
desnudo como una flor;
y entonces es cuando debías amarle, cuando el mar debía 
            poseerte,
cuerpo a cuerpo,
hasta confundir su vida con la tuya
y despertar en ti su inmenso amor
el breve espasmo de tu placer sometido,
desposados el uno con el otro,
vida con vida, muerte con muerte.

Y una vez, como rosa dejada,
flotó tu cuerpo, apenas deformado por las nupciales 
            caricias del mar,
mas pálidos los labios, lo mismo que si hubieran dado 
            paso
a toda su pasión, el ave de la vida;
igualmente hermoso así, joven marino,
desgarradoramente triste con tu belleza inhabitada,
como cuando tornasolaba la vida tus miembros melodiosos.

Cambian las vidas, pero la muerte es única.
Aún oigo aquella voz exangüe, que en su vago delirio 
llegó hasta mí, a través de las velas caídas en la arena,
            como alas arrancadas; 
alguien que conocía tu ausencia, porque sus ojos te 
            vieron muerto, tal una rosa abandonada sobre el mar,
decía lentamente: “Era más ligero que el agua.”

Qué desiertos los hombres,
cómo chocan sin verse unos a otros sus frentes de vergüenza,
y cuán dulce será rodar, igual que tú, del otro lado, en
            el olvido. 
Así tu muerte despierta en mí el deseo de la muerte,
como tu vida despertaba en mí el deseo de la vida.

domingo, 22 de febrero de 2026

Ingeborg Bachmann / Tres poemas

 

 
Mediodía temprano

Silencioso verdea el tilo en el verano abierto,
lejos de las ciudades, centellea 
la luna del día de brillo macilento. Ya es mediodía,
ya se eleva el resplandor de la fuente,
ya se eleva bajo los escombros
el ala maltratada del pájaro del cuento de hadas,
y la mano desfigurada por una pedrada
se hunde en el grano que despierta.

Donde el cielo de Alemania ennegrece la tierra, 
busca su ángel descabezado un sepulcro para el odio,
y te alcanza las llaves de su corazón.

Un puñado de dolor se pierde sobre la colina.

Siete años más tarde
se te vuelve a ocurrir.
No mires muy hondamente 
en la fuente delante del portal,
los ojos se te desorbitan.

Siete años más tarde
en una casa mortuoria 
beben los verdugos de ayer
de la copa de oro.
Los ojos se te caerían.

Ya es mediodía, en la ceniza
se dobla el hierro, sobre la espina
se ha izado la bandera, y sobre las rocas
de un sueño antiquísimo queda desde ahora
forjado el águila.
Sólo la esperanza se acuclilla enceguecida por la luz.

¡Suelta las cadenas, llévala
colina abajo, coloca
tu mano sobre sus ojos, que 
ninguna sombra la sumerja!

Donde la tierra de Alemania ennegrece el cielo,
la nube busca las palabras y llena el cráter de silencio,
antes de que el verano la perciba en una lluvia fina.

Lo indecible, dicho en voz baja, anda por el país.
Ya es mediodía.


Días en blanco

Estos días me levanto con los abedules
y me aparto el cabello triguero de la frente
ante un espejo de hielo.

Mezclada con mi aliento
se corta la leche.
Tan de madrugada espumea con facilidad.
Y donde empaño los cristales con mi aliento
aparece, dibujado con dedo infantil,
de nuevo tu nombre: ¡inocencia!
Tras tanto tiempo.

Estos días no me duele
que sé olvidar,
y tengo que acordarme.

Amo. Hasta palidecer
amo y doy gracias con avemarías.
Al vuelo las aprendí.

Estos días pienso en el albatros
con el que me alcé 
y llegué a la página
en blanco de un país.

Intuyo en el horizonte,
espléndido en el ocaso,
mi continente fabuloso
allá en el otro lado, que me dejó marchar
con la mortaja puesta.

¡Vivo y oigo de lejos su canto de cisne!


Tras muchos años

Ligera descansa la flecha del tiempo en el arco solar.
Cuando el agave salga de la roca, 
sobre ella pesarán tu corazón en el viento
y guardará el paso co la meta de cada hora.

Ya sobrevuela una sombra las Azores
y tu pecho el trémulo granate.
Aunque esté la muerte confabulada con el instante,
tú eres el blanco que se le acerca y le ciega.

Aunque esté el mar mimado y acostumbrado al brillo,
subirá su nivel para un puñado de sangre,
y el agave florecerá tras muchos años 
al cobijo de las rocas de la ebria mares.
 
 

sábado, 21 de febrero de 2026

Charles Simic / Prodigio

 Day 15 – 30 Days, 30 Readings: “Stone,” by Charles Simic – David J Bauman

 
Prodigio
 
Crecí inclinado sobre
un tablero de ajedrez.
 
Amaba la expresión jaque mate.
 
Todos mis primos parecían preocupados.
 
Era una casa pequeña
cerca de un cementerio católico.
Aviones y tanques
sacudían sus ventanas.
 
Un profesor de astronomía jubilado
me enseñó a jugar. 
 
Eso debió ser en 1944. 
 
En el juego que usábamos,
la pintura se había salido casi por completo 
de las piezas negras.

El Rey blanco había desaparecido
y tuvo que ser remplazado.

Me dicen pero no lo creo
que aquél verano presencié
hombres colgados de postes telefónicos.

Recuerdo a mi madre
vendándome mucho los ojos.
Ella tenía un método de guardar de repente
mi cabeza debajo de su abrigo.

En el ajedrez también, el profesor me dijo,
los maestros juegan con los ojos vendados,
los mejores incluso en varias partidas
al mismo tiempo. 
 
 

viernes, 20 de febrero de 2026

María Eugenia Vaz Ferreira / Cuatro poemas

 
 
 
Voz del retorno 
 
Nada le queda al náufrago; ya nada: ni siquiera
la dulce remembranza de un viejo sueño vano,
ni la marchita y frágil ala de una quimera
que al estrecharse deja su polvo entre la mano.
La media noche es tarde y el alba fue temprano,
y el orgulloso día le dijo al sol: “Espera”;
quien sin besarla aspira la flor de Primavera,
pasa como una sombra por el jardín humano.

Violetas de los prados en el solar fragante,
rosas de los pensiles rojas y perfumadas
que al pasajero abrieron su misterioso broche;
el náufrago retorna como una sombra errante,
sin una sola estrella de flámulas doradas
con que alumbrar el fondo de su infinita noche.
 
 
 
La estrella misteriosa
 
Yo no sé dónde está, pero su luz me llama,
¡oh misteriosa estrella de un inmutable sino!...
Me nombra con el eco de un silencio divino
y el luminar oculto de una invisible llama.
Si alguna vez acaso me aparto del camino,
con una fuerza ignota de nuevo me reclama:
gloria, quimera, fénix, fantástico oriflama
o un imposible amor extraño y peregrino...

Y sigo eternamente por la desierta vía
tras la fatal estrella cuya atracción me guía,
mas nunca, nunca, nunca a revelarse llega!
Pero su luz me llama, su silencio me nombra,
mientras mis torpes brazos rastrean en la sombra
con la desolación de una esperanza ciega...
 
 
 
Hacia la noche

Oh noche, yo tendría
una palma futura, desplegada
sobre el gran desierto,
si tú me das por una sola noche
tu corazón de terciopelo negro,
y yo, al compás de su morena sangre,
canto con las ondas beatas el sacro silencio.

Mi canto será vivo
sólo por el deseo
de serenar la cuotidiana angustia...

Oh noche, yo te quiero
sin el fulgor de luminosos astros,
sin marinos clamores
y sin la voz que finge
en los cráneos sonoros el rumor de los vientos.

Oh dulce noche mía, oh dulce noche!
Aunque el glorioso pájaro del alba.
rompa después mi lapidario ensueño,
un polvo de inquietud arda en mis ojos,
y me seas de nuevo
sólo una palma antigua, replegada
sobre el gran desierto. 
 
 
Invocación

Oh noche embriagadora
hecha de soledad y de desesperanza,
que brindas en tu copa de azabache y de estrellas
sobre la tierra ardiente en quietud derramada.

Noche de las delicias mudas y negativas
de que gozan los muertos vivos como fantasmas,
abrochando en la sombra su carnal vestidura
marchita de enflorar la fiesta meridiana.

Noche, noche infinita, rincón de los olvidos,
perdón de penitentes que nunca hicieron nada
más que cargar a solas el pesado madero
sobre la ligereza cautiva de sus alas...

Te espero día a día
para esconder mis horas en la paz de tu lápida,
cuando las ondas vivas su vibración aquietan
bajo la fuerza ignota de atávicos nirvanas,

y en invisibles soplos
el numen secular su inspiraci6n levanta
del fondo de los tiempos para siempre extinguidos,
aunque la rueda cósmica traiga sus añoranzas.

Yo no sé lo que dice tu boca abierta y muda
al que doró su tienda con oro de esperanza,
pero yo sé que sabes con amorosa ciencia
tenderte suavemente sobre el alma cansada!

Tu voz dice en silencio tu eternidad futura;
la rúbrica del "Fin" está en tu obscura mancha,
aunque a besarte vengan en sus carros sonoros
con sus aureolas rubias las doncellas del alba.

Todavía los mundos
relucen en la bóveda de tu urna sagrada;
un viejo tesorero se ha dormido en los tiempos
y ha olvidado en tu fondo sus últimas alhajas...

Dale a los benditos que todavía sueñan,
tus áureas lentejuelas y tu hostia de plata,
y a mí, que te deseo inextinguible y única,
dame la eternidad de tu silencio, oh Hermana.