El mar, y nada más.
Insaciable, insaciable.
Con pie desnudo ibas sobre la olvidadiza arena,
dulcemente
trastornado, como el hombre cuando un placer
espera,
tu cabello seguía la invocación frenética del viento;
todo tú vuelto apasionado albatros,
a quien su trágico desear brotaba en alas,
al único maestro respondías:
el mar, única criatura
que pudiera asumir tu vida poseyéndote.
Tuyo sólo en los ojos
no te bastaba,
ni en el ligero abrazo del nadador indiferente;
lo querías aún más:
sus infalibles labios transparentes contra los tuyos ávidos.
tu quebrada cintura contra el argínteo escudo de su
vientre,
y la vida escapando,
como sangre sin cárcel,
desde el fatal olvido en que caías.
Ahí estás ya.
No puedes recordar,
porque ahora tú mismo eres
quieto recuerdo;
y aquella remota belleza.
En
tu cuerpo cifrada como feliz columna,
hoy sólo alienta en mí,
en mí que la revivo bajo esta oscura forma,
que cuando tú vivías
sobre un ara invisible te adivinaba erguido.
No te bastaba
el sol de lengua ardiente sobre el negro diamante de
tu piel,
a lo largo de tantas lentas mañanas, ganadas en ocio
celeste,
llenas
de un áureo polen, igual que la corola de alguna
flor feliz,
de reposo divino, divina indiferencia;
caído
el cuerpo flexible y seguro, como un arma mortal,
ante la gran criatura enigmática,
el mar inexpresable,
sin deseo ni pena, igual a un dios,
que sin embargo hubiera conocido, a semejanza del hombre,
nuestros deseos
estériles, nuestras penas perdidas.
Mira también hacia
lo lejos
aquellas oscuras tardes, cuando severas nubes,
denso enjambre de negras alas,
silencio y zozobra vertían sobre el mar;
y en tanto las gaviotas encarnaban la angustia del aire
invadido por la tormenta,
recuérdale agitado, al mar, sacudiendo su entraña,
como demente que quisiera arrancar en la luz
eI
núcleo secreto de su mal,
torciendo en olas su pálido cuerpo,
su inagotable cuerpo dolido,
trastornado ante tu amor, también inagotable,
sin que pudieras llevar sobre su frente atormentada
la
concha protectora de una mano.
Las gracias vagabundas
de abril
uabrieron sus menudas hojas sobre la arena perezosa.
na juventud nueva corría por las venas de los hombres
invernales;
escapaban timideces, escalofríos, pudores
ante el puñal radiante del deseo,
palabra ensordecedora
para la criatura dolida en cuerpo
y espíritu
por las terribles mordeduras del amor,
porque
el deseo se yergue sobre los despojos de la tormenta
cuando arde el sol en las playas
del mundo.
Mas, ¿qué importan
a mi vida las playas del mundo?
Es ésta solamente quien clava mi memoria,
porque en ella te vi cruzar, sombrío como una negra
aurora,
arrastrando las alas de tu hermosura
sobre
su dilatada curva, semejante a una pomposa rama
abierta bajo la luz,
con su armadura de altas rocas
caída hacia las dunas de adelfas
y de palmas,
en lánguido paraje del perezoso sur.
Aún ven mis ojos las
salinas de sonrosadas aguas,
los leves molinos de viento
y aquellos menudos cuerpos oscuros,
parsimoniosamente movibles,
junto a los bueyes fulvos,
transportando los lunáticos
bloques de sal
sobre las vagonetas, tristes como todo lo que pertenece a
los trabajos de la tierra,
hasta las anchas barcas resbaladizas sobre el pecho del
mar.
Quién podría vivir
en la tierra
si no fuera por el mar.
Cuántas veces te vi,
acariciados los ligeros tobillos por el ancho círculo de
tu pantalón marino,
el pecho y los hombros dilatados sobre la armoniosa cintura,
cubierto
voluptuosamente de lana azul como de yedra,
el desdén
esculpido sobre los duros labios,
anegarte frente al mar en una contemplación
más honda que la del hombre frente al cuerpo que
ama.
Cambiantes sentimientos nos enlazan con este o aquel
cuerpo,
y todos ellos no son sino sombras que velan
la forma suprema del amor,
que por sí mismo late,
ciego ante las mudanzas de los cuerpos,
iluminado por el ardor de su propia llama invencible.
Yo te adoraba como
cifra de todo cuerpo bello,
sin velos que mudaran la recóndita imagen del amor;
más que al mismo amor, más, ¿me oyes?,
insaciable
como tú mismo.
Inagotable como tú mismo;
aun
sabiendo que el mar era el único ser de la creación
digno de ti
y tu cuerpo el único digno de su inhumana soberbia.
Era el atardecer.
Las aves del día
huyeron ante el furtivo pensamiento de la sombra.
Los hombres descansaban en sus cabañas,
entre
la mujer y los hijos,
desnudos los pies bajo la luz funeral del acetileno,
acechando el sueño en sus yacijas junto al mar;
como
si no pudieran dormir lejos de lo que les hace
vivir
y de lo que les hace morir.
Un gran silencio,
una gran calma
daba con su presencia el mar;
pero
también latía por el aire adormecido y fresco del
letal anochecer
un miedo oscuro
a no se sabe qué pálidos gigantes,
dueños de grisáceas serpientes y negros
hipocampos,
abriendo las sombrías aguas,
en
lucha sus miembros retorcidos con rebeldes potencias
animales del abismo.
Las barcas, como leves
espectros,
surgían lentamente desde la arena soñolienta,
voluptuosos cuerpos tibios,
con la gracia del animal que sabe volver los ojos implorantes
hacia las manos de su dueño, dispensadoras de protección
y de caricias,
y piensa tristemente que se alejan sin poder retenerlas.
No a estas horas,
no a estas horas de tregua cobarde,
al amanecer
es cuando debías ir hacia el mar, joven
marino,
desnudo como una flor;
y entonces es cuando debías amarle, cuando el mar debía
poseerte,
cuerpo a cuerpo,
hasta confundir
su vida con la tuya
y despertar en ti su inmenso amor
el breve espasmo de tu placer sometido,
desposados el uno con el otro,
vida con vida, muerte con muerte.
Y una vez, como rosa
dejada,
flotó tu cuerpo, apenas deformado por las nupciales
caricias del mar,
mas pálidos los labios, lo mismo que si hubieran dado
paso
a toda su pasión, el ave de la vida;
igualmente
hermoso así, joven marino,
desgarradoramente triste con tu belleza inhabitada,
como cuando tornasolaba la vida tus miembros melodiosos.
Cambian las vidas,
pero la muerte es única.
Aún oigo aquella voz exangüe, que en su vago delirio
llegó hasta mí, a través de las velas caídas en la arena,
como alas arrancadas;
alguien que conocía tu ausencia, porque sus ojos te
vieron muerto, tal una
rosa abandonada sobre el mar,
decía lentamente: “Era más ligero que el agua.”
Qué desiertos los
hombres,
cómo chocan sin verse unos a otros sus frentes de vergüenza,
y cuán dulce será rodar, igual que tú, del otro lado, en
el olvido.
Así tu muerte despierta en mí el deseo de la muerte,
como tu vida despertaba en mí el deseo de la vida.
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