lunes, 23 de febrero de 2026

Luis Cernuda / El joven marino



 
El joven marino

El mar, y nada más.

Insaciable, insaciable.
Con pie desnudo ibas sobre la olvidadiza arena,
dulcemente trastornado, como el hombre cuando un placer 
            espera,
tu cabello seguía la invocación frenética del viento;
todo tú vuelto apasionado albatros,
a quien su trágico desear brotaba en alas,
al único maestro respondías:
el mar, única criatura
que pudiera asumir tu vida poseyéndote.

Tuyo sólo en los ojos no te bastaba,
ni en el ligero abrazo del nadador indiferente;
lo querías aún más:
sus infalibles labios transparentes contra los tuyos ávidos.
tu quebrada cintura contra el argínteo escudo de su
            vientre, 
y la vida escapando,
como sangre sin cárcel,
desde el fatal olvido en que caías.

Ahí estás ya.
No puedes recordar,
porque ahora tú mismo eres quieto recuerdo;
y aquella remota belleza.
En tu cuerpo cifrada como feliz columna,
hoy sólo alienta en mí,
en mí que la revivo bajo esta oscura forma,
que cuando tú vivías
sobre un ara invisible te adivinaba erguido.

No te bastaba
el sol de lengua ardiente sobre el negro diamante de 
            tu piel,
a lo largo de tantas lentas mañanas, ganadas en ocio
            celeste, 
llenas de un áureo polen, igual que la corola de alguna 
            flor feliz,
de reposo divino, divina indiferencia;
caído el cuerpo flexible y seguro, como un arma mortal,
ante la gran criatura enigmática, el mar inexpresable,
sin deseo ni pena, igual a un dios, 
que sin embargo hubiera conocido, a semejanza del hombre,
nuestros deseos estériles, nuestras penas perdidas.

Mira también hacia lo lejos
aquellas oscuras tardes, cuando severas nubes,
denso enjambre de negras alas, 
silencio y zozobra vertían sobre el mar;
y en tanto las gaviotas encarnaban la angustia del aire 
            invadido por la tormenta,
recuérdale agitado, al mar, sacudiendo su entraña,
como demente que quisiera arrancar en la luz
eI núcleo secreto de su mal,
torciendo en olas su pálido cuerpo,
su inagotable cuerpo dolido,
trastornado ante tu amor, también inagotable,
sin que pudieras llevar sobre su frente atormentada
la concha protectora de una mano.

Las gracias vagabundas de abril
uabrieron sus menudas hojas sobre la arena perezosa.
na juventud nueva corría por las venas de los hombres 
            invernales;
escapaban timideces, escalofríos, pudores
ante el puñal radiante del deseo,
palabra ensordecedora para la criatura dolida en cuerpo 
            y espíritu
por las terribles mordeduras del amor,
porque el deseo se yergue sobre los despojos de la tormenta
cuando arde el sol en las playas del mundo.

Mas, ¿qué importan a mi vida las playas del mundo?
Es ésta solamente quien clava mi memoria,
porque en ella te vi cruzar, sombrío como una negra 
            aurora,
arrastrando las alas de tu hermosura
sobre su dilatada curva, semejante a una pomposa rama
abierta bajo la luz, 
con su armadura de altas rocas
caída hacia las dunas de adelfas y de palmas, 
en lánguido paraje del perezoso sur.

Aún ven mis ojos las salinas de sonrosadas aguas,
los leves molinos de viento 
y aquellos menudos cuerpos oscuros,
parsimoniosamente movibles,
junto a los bueyes fulvos,
transportando los lunáticos bloques de sal
sobre las vagonetas, tristes como todo lo que pertenece a
            los trabajos de la tierra, 
hasta las anchas barcas resbaladizas sobre el pecho del
            mar.

Quién podría vivir en la tierra 
si no fuera por el mar.

Cuántas veces te vi,
acariciados los ligeros tobillos por el ancho círculo de
            tu pantalón marino, 
el pecho y los hombros dilatados sobre la armoniosa cintura,
cubierto voluptuosamente de lana azul como de yedra,
el desdén esculpido sobre los duros labios,
anegarte frente al mar en una contemplación
más honda que la del hombre frente al cuerpo que
            ama. 
Cambiantes sentimientos nos enlazan con este o aquel 
            cuerpo,
y todos ellos no son sino sombras que velan
la forma suprema del amor, que por sí mismo late,
ciego ante las mudanzas de los cuerpos,
iluminado por el ardor de su propia llama invencible.

Yo te adoraba como cifra de todo cuerpo bello,
sin velos que mudaran la recóndita imagen del amor;
más que al mismo amor, más, ¿me oyes?,
insaciable como tú mismo.
Inagotable como tú mismo; 
aun sabiendo que el mar era el único ser de la creación 
            digno de ti
y tu cuerpo el único digno de su inhumana soberbia.

Era el atardecer. Las aves del día
huyeron ante el furtivo pensamiento de la sombra.
Los hombres descansaban en sus cabañas,
entre la mujer y los hijos,
desnudos los pies bajo la luz funeral del acetileno, 
acechando el sueño en sus yacijas junto al mar; 
como si no pudieran dormir lejos de lo que les hace
            vivir
y de lo que les hace morir.

Un gran silencio, una gran calma
daba con su presencia el mar;
pero también latía por el aire adormecido y fresco del 
            letal anochecer
un miedo oscuro
a no se sabe qué pálidos gigantes, 
dueños de grisáceas serpientes y negros hipocampos,
abriendo las sombrías aguas,
en lucha sus miembros retorcidos con rebeldes potencias 
            animales del abismo.

Las barcas, como leves espectros,
surgían lentamente desde la arena soñolienta,
voluptuosos cuerpos tibios,
con la gracia del animal que sabe volver los ojos implorantes
hacia las manos de su dueño, dispensadoras de protección 
            y de caricias,
y piensa tristemente que se alejan sin poder retenerlas.

No a estas horas,
no a estas horas de tregua cobarde,
al amanecer es cuando debías ir hacia el mar, joven 
            marino,
desnudo como una flor;
y entonces es cuando debías amarle, cuando el mar debía 
            poseerte,
cuerpo a cuerpo,
hasta confundir su vida con la tuya
y despertar en ti su inmenso amor
el breve espasmo de tu placer sometido,
desposados el uno con el otro,
vida con vida, muerte con muerte.

Y una vez, como rosa dejada,
flotó tu cuerpo, apenas deformado por las nupciales 
            caricias del mar,
mas pálidos los labios, lo mismo que si hubieran dado 
            paso
a toda su pasión, el ave de la vida;
igualmente hermoso así, joven marino,
desgarradoramente triste con tu belleza inhabitada,
como cuando tornasolaba la vida tus miembros melodiosos.

Cambian las vidas, pero la muerte es única.
Aún oigo aquella voz exangüe, que en su vago delirio 
llegó hasta mí, a través de las velas caídas en la arena,
            como alas arrancadas; 
alguien que conocía tu ausencia, porque sus ojos te 
            vieron muerto, tal una rosa abandonada sobre el mar,
decía lentamente: “Era más ligero que el agua.”

Qué desiertos los hombres,
cómo chocan sin verse unos a otros sus frentes de vergüenza,
y cuán dulce será rodar, igual que tú, del otro lado, en
            el olvido. 
Así tu muerte despierta en mí el deseo de la muerte,
como tu vida despertaba en mí el deseo de la vida.


Luis Cernuda (Sevilla, 1902 — Ciudad de México, 1963), Antología, Cátedra, Madrid, 2008. Poema originalmente publicado en Invocaciones.
 

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