martes, 21 de abril de 2026

Susana Thenon / En cuanto a nosotros

 

En cuanto a nosotros
 
Hablamos ya de dios,
del calendario y sus años
satélites,
del animal,
del viejo cementerio que revive.
Hablamos de las cosas
que hablan por nuestra boca.
Nació la sangre
infinidad de veces.
Otras tantas murió
su ardiente grito.
Hablamos ya sin voz
en las gargantas
con el falso silencio del dormido.
En cuanto a nosotros,
callemos, si es posible.
Ajuste cada cual
su imagen
a sí mismo.
Duerma el estoico
sobre la tierra ingrata
y enemiga.
Practique el egoísta
un pensamiento
en torno de su cuerpo.
Divague el soñador
hilando inverosímiles
estrellas.
Marche el guerrero
de sonrisa desnuda
y brillo helado.
Muera a su paso
el hombre
que en la vida
no hizo más que vivir
muera cantando.
Surja el verbo
extraviado
en el silencio.
Haga noche su sombra
en nuestras manos.
 
Susana Thénon (Buenos Aires, 1935 — Buenos Aires, 1991), en La Morada Imposible, tomo 2, Buenos Aires, Corregidor, 2004.

lunes, 20 de abril de 2026

Nicanor Parra / 4 sonetos del apocalipsis

 


 

Cuatro sonetos del apocalipsis

1

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2

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3

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4

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Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914 — Santiago de Chile, 2018), de El último apaga la luz, Lumen.

domingo, 19 de abril de 2026

Chiyo-no / Haiku

 

La campanilla morada
ha tomado el balde del pozo. 
Debo pedir agua.
                                        (versión de N. Pérez Pérez sobre las versiones al inglés)

 

morning glory!
the well-bucket entangled
I ask for water
                                        (versión de Donegan and Ishibashi)


my well bucket
taken by the morning glory—
this borrowed water
                                        (versión de Ueda Makoto)

朝顔に
釣瓶とられて
貰い水

Kaga no Chiyo [加賀 千代] (Mattō, Japón, 1703 - Mattō, Japón, 1775), de [???]

sábado, 18 de abril de 2026

César Vallejo / París, Octubre, 1936

 


París, Octubre, 1936

De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

 

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892 — París, 1938), de Poemas humanos

 

viernes, 17 de abril de 2026

Carmen Martín Gaite / Dos poemas

 

 
Destello

Hoy habláis otra lengua,
lirios que os despeináis
bajo la lluvia.
Miré vuestras corolas:
«Otros son tierra y cal,
yo soy el pino,
la mañana y la música
—leí— soy el instante.»
Voy a cerrar los ojos,
no olvide la lectura,
no se enturbie la imagen,
y me iré sin miraros otra vez.
¡Ay! Cuando vuelva a veros,
¿sabré ya comprender este lenguaje vuestro
que un minuto ha rasgado mi tiniebla,
lirios que os despeináis bajo la lluvia? 
 
 
Certeza
 
Habéis empujado hacia mí estas piedras.
Me habéis amurallado
para que me acostumbre.
Pero aunque ahora no pueda
ni intente dar un paso,
ni siquiera proyecte fuga alguna,
ya sé que es por allí
por donde quiero ir,
sé por dónde se va.
Mirad, os lo señalo:
por aquella ranura de poniente. 
 
Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 — Madrid, 2000), de A rachas, Poesía Hiperión.

jueves, 16 de abril de 2026

Rubén Darío / Sinfonía en gris mayor

 


Sinfonía en gris mayor

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín…

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín. 
 
 
Ruben Darío (Metapa, Nicaragua, 1867 — León, Nicaragua, 1916), de Prosas profanas, Colección Austral, 1965. 

miércoles, 15 de abril de 2026

Clara Silva / Dos poemas



El cadáver de la luna

La tierra es la dureza necesaria
para tus pasos
la clave de tu sombra
no el cementerio de nubes
donde buscas el cadáver de la luna
ni el sótano donde escondes
las causas perdidas
entre el desafinar de la memoria.

No pierdas tu espacio entre los hombres
bajo sus paraguas abiertos.
Cada hora
el día trabaja la clandestinidad de sus ratones
para el gato que acecha.
 
 
Entre las cosas cotidianas
 
Todo está en su lugar
pero el lugar está vacio.
Y aunque el plato
humee en su mesa
como el santo y seña de la vida
el mundo agita afuera
su cola
de perro en celo
en la puerta cerrada.

Pero quién contesta
a su propia voz
quién
a su propia cara
si el aire está mudo
entre las cosas cotidianas
del viaje? 
 
Clara Silva (Montevideo, 1905 — Montevideo, 1976), de Las furias del sueño, Arca, 1975.

martes, 14 de abril de 2026

Giuseppe Ungaretti / Dos poemas

 


Vigilia
 
                    Cima Quattro, el 23 de diciembre de 1915
 
Una noche entera
tendido junto
a un compañero
masacrado
con su boca
desencajada
vuelta hacia la luna llena
con la congestión
de sus manos
penetrando
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor


Nunca me sentí
tan
aferrado a la vida

 


Vanidad

                          Vallone, 19 de agosto de 1917  

De pronto

en lo alto
sobre los escombros
el límpido estupor
de la inmensidad

Y el hombre
agachado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre
como sombra

Acunada y
de a poco
rota

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888 — Milán, 1970), de La alegría.


Vanità

D’improvviso

è alto
sulle macerie
il limpido stupore
dell’immensità

E l’uomo
curvato
sull’acqua
sorpresa
dal sole
si rinviene
un’ombra

Cullata e
piano
franta

Veglia

                        Cima Quattro, 23 de diciembre de 1915. 

Un’intera nottata
buttato vicino
a un compagno
massacrato
con la sua bocca
digrignata
volta al plenilunio
con la congestione
delle sue mani
penetrata
nel mio silenzio
ho scritto
lettere piene d’amore

Non sono mai stato
tanto
attaccato alla vita.

 

lunes, 13 de abril de 2026

Inger Christensen / Dos poemas de «El valle de las mariposas. Un réquiem.»



I

Se alzan, las mariposas del planeta,
como ocre, cinabrio, oro candente,
desde el cuerpo caliente entre las grietas
cual enjambre de química ascendente.

¿Las chispas de estas alas son tal vez
las bandadas de luz que be imaginado?
¿O el verano soñado en mi niñez,
que los rayos del tiempo han astillado?

No, el ángel de luz es quien se pinta
de apolo, mnemosine o laberinto,
de manto bicolor, náyade, tinta.
 
Con mi obtusa razón las adivino
como plumas ligeras en calina
bajo el calor del valle de Brajcino.
 
XV

Se alzan, las mariposas del planeta,
bajo el calor del valle de Brajcino,
desde cuevas amargas y secretas
tapadas por el bálsamo del pino.

Gomo vanesa y ocbropleura plecta
vuelan en círculos cual nacarada
y al tonto del planeta le afecta
una vida que muere cual si nada.

¿Quién está hechizando este concierto
con paz mental y mentiras piadosas
y estivales visiones de los muertos?

Mi oído responde ciegamente:
es la muerte mirando fijamente
desde las alas de las mariposas.
 
Inger Christensen (Vejle, Dinamarca, 1935 — Copenhague, 2009), de El valle de las mariposas, Sexto Piso, 2020.
 
 
I

De stiger op, planetens sommerfugle
som farvestøv fra jordens varme krop,
zinnober, okker, guld og fosforgule,
en sværm af kemisk grundstof løftet op.

Er dette vingeflimmer kun en stime
af lyspartikler i et indbildt syn?
Er det min barndoms drømte sommertime
splintret som i tidsforskudte lyn?

Nej, det er lysets engel, som kan male
sig selv som sort Apollo mnemosyne,
som ildfugl, poppelfugl og svalehale.

Jeg ser dem med min slørede fornuft
som lette fjer i varmedisens dyne
i Brajcinodalens middagshede luft.
 
 
XV

De stiger op, planetens sommerfugle
i Brajcinodalens middagshede luft,
op fra den underjordisk bitre hule,
som bjergbuskadset dækker med sin duft.

Som blåfugl, admiral og sørgekåbe,
som påfugløje flagrer de omkring
og foregøgler universets tåbe
et liv der ikke dør som ingenting.

Hvem er det der fortiyller dette møde
med strejf af sjælefred og søde løgne
og sommersyner af forsvundne døde?

Mit øre svarer med sin døve ringen:
Det er døden som med egne øjne
ser dig an fra sommerfuglevingen. 

domingo, 12 de abril de 2026

Luis Alberto de Cuenca / Farai un vers de dreyt nien



Farai un vers de dreyt nien
 
Sobre ti, sobre mí, sobre el infierno
de nuestro amor y sobre el paraíso
de nuestro amor, sobre el milagro inútil
de haberte conocido y el abismo
de haber viajado al alba y al crepúsculo
con un monstruo tan dulce y tan dañino,
sobre la huella que dejó tu cuerpo
en mi cama y en todos mis sentidos,
sobre el vestido negro ribeteado
de encaje con que andabas por el filo
de la traición, sobre tu piel blanquísima
y sobre el tiempo que perdí contigo....
Sobre todas las cosas que anteceden
y sobre nada (¿acaso no es lo mismo?)
escribiré un poema, recordando
la canción de Guillermo, con el frío 
de la distancia y con la sensación
de no haberlas vivido.

Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), de Sin miedo ni esperanza, 2002.

sábado, 11 de abril de 2026

María Eugenia Vaz Ferreira / Único poema


Único poema

Mar sin nombre y sin orillas.
Soñé con un mar inmenso,
que era infinito y arcano
como el espacio y los tiempos.

Daba máquina a sus olas,
vieja madre de la vida,
la muelle, y ellas cesaban
a la vez que renacían.

Cuánto nacer y morir
dentro la muerte inmortal!
Jugando a cunas y tumbas
estaba la Soledad...

De pronto un pájaro errante
cruzó la extensión marina;
"Chojé... Chojé..." repitiendo
su quejosa mancha iba.

Sepultóse en lontananza
goteando "Chojé... Chojé..."
Desperté y sobre las olas
me eché a volar otra vez. 

 

María Eugenia Vaz Ferreira (Montevideo, 1875 — Montevideo, 1924), La isla de los cánticos, Colección de Clásicos Uruguayos del Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, 1956. 

viernes, 10 de abril de 2026

Guillermo de Aquitania / Farai un vers de dreit nien

 


Versión de Carlos Alvar 

I
Haré una poesía sobre absolutamente nada:
no tratará de mí ni de otra gente;
no tratará de amor ni de juventud,
ni de ninguna otra cosa,
habrá sido compuesta mientras dormía,
sobre un caballo.

II
Ignoro la hora en que nací,
no estoy alegre ni triste,
no soy huraño ni agradable
y no puedo ser de otro modo,
así fui marcado por la noche
en una alta montaña.

III
Ignoro cuándo estoy dormido
y cuándo estoy despierto si no me lo dicen;
por poco se me parte el corazón
por una pena de amor;
no doy por eso el precio de una hormiga,
¡por San Marcial!

IV
Estoy enfermo y creo morir;
no sé nada más que lo que oigo decir.
Buscaré médico según mi deseo,
pero no conozco ninguno que me valga;
será buen médico si me puede curar,
pero no lo será si empeoro.

V
Tengo amiga, no sé quién es,
nunca la vi, por mi fe,
ni hizo nada que me agradara o pesase
y no me preocupa:
nunca hubo abundancia
en mi casa.

VI
Nunca la vi y la amo mucho;
nunca obtuve de ella favor ni me ofendió;
cuando no la veo, poco me importa,
no la precio un gallo
pues sé de una más gentil y más hermosa
y que vale más.

VII
Ignoro dónde vive,
si en la montaña o en el llano;
no oso decir lo injusta que es conmigo
sino que me callo;
me pesa que se quede aquí,
por eso me voy.

VIII
Ya he hecho la poesía de no sé qué;
la enviaré a aquel
que por medio de otro la transmitirá
al Peitieu
para que mi dama me envíe la contrallave
de su estuche.

 

Versión de Luis Alberto de Cuenca

I
Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.

II
No sé en qué hora nací
no estoy alegre ni estoy triste,
no soy huraño ni sociable,
y no puedo hacer otra cosa,
que de este modo fui de noche hadado
en una alta montaña.

III
No sé cuándo estoy dormido
ni cuándo velo, si no me lo dicen.
Por poco se me parte el corazón
de un punzante dolor;
pero no doy a cambio el precio de una hormiga,
¡Por San Marcial!

IV
Enfermo estoy y temo morir,
y de ello no sé más que lo que oigo decir;
médico buscaré a mi voluntad,
y no sé de uno así.
Buen médico será si consigue curarme,
pero no, si empeoro.

V
Amiga tengo, no sé quién es,
pues nunca la vi, por mi fe.
Nada ha hecho que me agrade o me disguste
y no me importa en absoluto,
que nunca hubo normando ni francés
en mi casa.

VI
Nunca la he visto y mucho la amo,
jamás obtuve de ella favor ni disfavor;
cuando no la veo, hago caso omiso:
no doy a cambio un gallo.
Que sé de una más gentil y hermosa,
y que más vale.

VII
No sé en qué lugar habita,
si es en montaña o si es en llano;
no me atrevo a decir la sinrazón que me hace,
prefiero callar;
y mucho me pesa que ella se quede aquí:
por eso me voy.

VIII
Mi poema está hecho, no sé sobre qué.
Me propongo enviarlo a aquel
que, por medio de otro, lo enviará
a Poitou, de mi parte;
y le ruego que de su estuche me haga llegar
la contraclave.


Versión de Leopoldo María Panero

Haré un verso aprovechando la nada:
y no de mí, otros no hay
no habrá allá amor o juventud
ni cosa alguna
que eso es un verso trobado a caballo
y galopando, con los ojos cerrados.

No sé en qué hora yo nací:
no estoy alegre ni dolido
no soy de aquí ni de más lejos
veo a mi cuerpo caminar despacio,
que así una noche fui embrujado
bajo la luna, en la montaña.

No sé siquiera cuándo duermo
o cuándo velo, y mi vida está toda
en los labios de alguien que la describe.
Un día el corazón casi se marcha
de un dolor dulce;
y todo esto me trae sin cuidado,
¡por San Marcial!

Enfermo soy, temo vivir
y hay alguien que, en voz muy queda
narra a los viejos mi enfermedad; médico
busco, y no sé cómo—
médico es quien sabe curar
no ése que da a los perros pedazos de mi enfermedad.

Tengo una amiga, no sé quién
nunca la vi, no sé cómo es, su cara
ni me gusta ni me irrita
y poco importa, si no hubo
nunca normando ni francés, que bien supiera
abrir la puerta de mi habitación.

No la he visto, mucho la amo
no me ha hecho daño, ni bien alguno
si no la veo, me la suda
porque es ninguno el precio que pagué:
yo sé de una en efecto que es más digna
y más hermosa, y que vale más.

Hecho está el verso, no sé con qué
a otro he de pasarlo, que lo envíe
más lejos, hasta llegar a Anjou
en busca de su propia llave. 


Guillermo IX de Aqutania, El Trovador, (1071 — Potitiers. 1126)


Farai un vers de dreit nien

I
Farai un vers de dreit nien:
non er de mi ni d’autra gen,
non er d’amor ni de joven,
           ni de ren au,
qu’enans fo trobatz en durmen
          sus un chivau.

II
No sai en qual hora·m fui natz,
no soi alegres ni iratz,
no soi estranhs ni soi privatz,
          ni no·n puesc au,
qu’enaisi fui de nueitz fadatz
          sobr’un pueg au.

III
No sai cora·m sui endormitz,
ni cora·m veill, s’om no m’o ditz;
per pauc no m’es lo cor partitz
          d’un dol corau;
e no m’o pretz una fromitz,
          per Saint Marsau!

IV
Malautz soi e cre mi morir;
e re no sai mas quan n’aug dir,
Metge querrai al mieu albir,
          e no·m sai tau;
bos metges er, si·m pot guerir,
          mor non, si amau.

V
Amigu’ai ieu, non sai qui s’es:
c’anc no la vi, si m’aiut fes;
ni·m fes que·m plassa ni que·m pes,
          ni no m’en cau:
c’anc non ac norman ni franses
          dins mon ostau.

VI
Anc no la vi et am la fort;
anc no n’aic dreit ni no·m fes tort;
quan no la vei, be m’en deport;
          no·m prez un jau:
qu’ien sai gensor e belazor,
          e que mais vau.

VII
No sai lo luec ves on s’esta,
si es en pueg ho es en pla;
non aus dire lo tort que m’a,
          abans m’en cau;
e peza·m be quar sai rema,
          per aitan vau.

VIII
Fait ai lo vers, no sai de cui;
e trametrai lo a celui
que lo·m trametra per autrui
          enves Peitau,
que·m tramezes del sieu estui
          la contraclau. 

jueves, 9 de abril de 2026

Amy Lowell / Otoño

 

Otoño 
 
Todo el día he visto las hojas púrpuras
caer dentro del agua. 
Y ahora bajo la luna todavía caen,
pero cada hoja está bordada con plata. 
 
Amy Lowell (Brookline, EE.UU., 1874 — ídem, 1925), de Poetry XIV (VI). Versión de N. Pérez Pérez.
 
Autumn
 
All day I have watched the purple vine leaves
Fall into the water.
And now in the moonlight they still fall,
But each leaf is fringed with silver. 

miércoles, 8 de abril de 2026

Miguel Ángel Bustos / Dos poemas



Me afirmo en la tierra
 
Un día seré la ausencia visible de Miguel Ángel
luego mi olvido.
La marca de un pie desnudo sobre el agua.
Un gesto
una espalda.
Pero hoy tengo una médula de fuego.
Una piel extensa
multiplicada en mi garganta.
Un puño joven en el centro de mis huesos
apretándose muy hondo.
En luz
mi frente y mis dedos
como arterias hincadas
en el calor de la tierra dura.

Este es el seis
de mi venida a los cielos.
Hace tiempo
lancé el corazón
es un ruido un ruido.
Bajé a la noche del cuerpo a hablar
unas palabras en las entrañas
a través de dos años
doscientas vocales de la nueva lengua.
En diciembre
cuando el mar me llama tanto
murió mi amor junto al río.
Le escribi
quedó en la arena
un violáo del mar.
Vine a los cielos
tuve un principio de lengua
solo quemé metales frutos
separé las aguas
la palabra masa de los cielos
no pasó
las aguas volvieron.
Desciendo
en tus manos encomiendo mi cuerpo. 
 
 
 
Miguel Ángel Bustos (Buenos Aires, 1932 — Buenos Aires, 1976), de Despedida de los ángeles, Libros de Tierra Firme, 1998. 

martes, 7 de abril de 2026

Olvido García Valdés / Cuatro poemas



 
Deslumbra el cielo
si mira fijamente
contra él una flor,
se hace negra y deslumbra.
No habla. Porque son inherentes
al hablar el oír
y el callar. Mira: tomates,
hojas, tallo, tierra. El cielo
es una bóveda, finito
mundo azul sobre el mundo,
los tomates son rojos.
 
• 
 
La muerte es una forma
en algunas pinturas del XV,
una curva que el cuerpo figura
entre quien lo sostiene y su propio
peso. Una curva también
la forma del amor, plegarse
dúctilmente. O de otro modo,
recto, peso muerto sobre paño
verde, mariposas aéreas, amarillas,
o sombra pálida, bullentes.
Tú tenías anillos, dedos en las manos.
 

Girasol, negro párpado, multiplicada
para el deslumbramiento. Somos
solo cautivos,
presencias dentro de otros
que nos llevan. Allá, muy lejos,
el taxista le dijo: discúlpeme,
la ciudad es muy grande, solo
manejo por las orillas. 
 
• 
 
No es fácil, como se dice.
Dedos, puños contra el cristal,
lentitud, ten cuidado. Tristeza
no formulable, salvo las cejas. Ha
de cicatrizar. Hay mente
ya en los ojos —nunca,
nada, alma— y en los puños. 
 
Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950), de caza nocturna,1997. 

lunes, 6 de abril de 2026

Stéphane Mallarmé / Soneto alegórico de sí mismo

 


Soneto en yx
[versión de Miguel Espejo] 

Sus puras uñas muy alto ofrenando su ónix, 
la Angustia, esta medianoche, sostiene, lampadóforo, 
mucho sueño vespertino quemado por el Fénix
que ningún ánfora cineraria recoge

sobre las credencias, en el salón vacío, caracola alguna 
abolido bibelot de inanidad sonora
(pues el Amo fue a extraer llantos al Estigia  
con ese solo objeto con que la Nada se honra).

Mas cerca de la persiana vacante al norte, un oro 
agoniza, conforme quizá al decorado
de unicornios que arrojan fuego a una ninfa,

ella, difunta desnuda en el espejo, aunque 
en el olvido cerrado por el marco, se fija 
al instante en centelleos el septeto. 
 
 
Soneto en ix 
[versión de Octavio Paz] 

El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda,
La Angustia, es medianoche, levanta, lampadóforo, 
Mucho vesperal sueño quemado por el Fénix
Que ninguna recoge ánfora cineraria:

Sala sin nadie ni en las credencias conca alguna 
Espiral espirada de inanidad sonora,
(El Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta 
Con ese solo objeto nobleza de la Nada.)

Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro 
Agoniza según tal vez rijosa fábula
De ninfa alanceada por llamas de unicornios

Y ella apenas difunta desnuda en el espejo 
Que ya en las nulidades que clausura el marco 
Del centellar se fija súbito el septimino.
 
 
Soneto en ix 
[versión de Jorge Camacho]

Sus puras uñas en alta ofrenda de su ónix,
La Angustia, a medianoche, levanta, lampadóforo,
Vario sueño vesperal quemado por el Fénix
Que nunca recoge la cineraria ánfora

Salón vacío y en las credencias cobo alguno,
Abolido bibelot de inanidad sonora,
(Ido el Maestro a captar llantos en la Estigia
Con ese solo objeto que a la Nada honra.)

Mas cerca el crucero al vacante norte, un oro
Agoniza según tal vez el decorado
De unicornios lanzando fuego a una ninfa,

Ella, muerta desnuda en el espejo, aún
Que, en el olvido que cierra el marco, se fija
Súbitamente de centellas el septimino. 
 
Stéphane Mallarmé (París, 1842 — Vulaines-sur-Seine, 1898). 
 
 
 

Sonnet allégorique de lui-même

Ses purs ongles très haut dédiant leur onyx,
L’Angoisse ce minuit, soutient, lampadophore,
Maint rêve vespéral brûlé par le Phénix
Que ne recueille pas de cinéraire amphore

Sur les crédences, au salon vide : nul ptyx,
Aboli bibelot d’inanité sonore,
(Car le Maître est allé puiser des pleurs au Styx
Avec ce seul objet dont le Néant s’honore.)

Mais proche la croisée au nord vacante, un or
Agonise selon peut-être le décor
Des licornes ruant du feu contre une nixe,

Elle, défunte nue en le miroir encor
Que dans l’oubli fermé par le cadre se fixe
De scintillations sitôt le septuor.

 

domingo, 5 de abril de 2026

Marianne Moore / ¿Qué son los años?


¿Qué son los años? 

    ¿Qué es nuestra inocencia,
cuál nuestra culpa? Todos están
    desnudos, ninguno está seguro. ¿Y de dónde
es el coraje: la pregunta sin contestar,
la duda resoluta,
—bobamente llamando, sordamente oyendo—eso
en la desgracia, incluso en la muerte,
    da coraje a los demás
    y en sus derrotas, revuelve

    el alma para que sea fuerte? Él
ve profundo y se alegra de quien
    accede a la mortalidad
y en su presidio se alza
sobre sí mismo
como un mar en el abismo, luchando
para ser libre e incapaz de serlo,
    hallando en su renuncia
    toda su continuidad.

    Entonces el que siente fuerte,
se comporta. El mismísimo pájaro,
    que crece mientras canta, fortalece
su forma hacia arriba. Aunque esté cautivo,
su poderoso canto
dice, la satisfacción es una cosa
baja, qué cosa pura es la alegría.
    Esta es la mortalidad,
    esta es la eternidad. 

 

Marianne Moore (Kirkwood, Misuri, 1887 — Nueva York, 1972), de Complete Poems, Penguin, 1994. Versión al castellano por N. Pérez Pérez. 

 

What are the years?

    What is our innocence,
what us our guilt? All are
    naked, none is safe. And whence
is courage: the unanswered question,
the resolute doubt,—
dumbly calling, deafly listening—that
in misfortune, even death,
    encourages others
    and in its defeat, stirs
    
    the soul to be strong? He
sees deep and is glad, who
    accedes to mortality
and in his imprisonment rises
upon himself as
the sea in a chasm, struggling to be
free and unable to be,
    in its surrendering
    finds its continuing.

    So he who strongly feels,
behaves. The very bird,
    grown taller as he sings, steels
his form straight up. Though he is captive,
his mighty singing
says, satisfaction is a lowly
thing, how pure a thing is joy.
    This is mortality,
    this is eternity. 

sábado, 4 de abril de 2026

Pere Gimferrer / Oda a Venecia ante el mar de los teatros

 

 

Oda a Venecia ante el mar de los teatros

                   Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros
                                    Federico García Lorca


Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.
Con qué trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Qué pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra.
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy acoge así vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros, que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por lapura belleza como entonces, violín
que parte en dos el aire de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello. Lloraba yo, acodado al balcón
como en un mal poema romántico, y el aire
promovía disturbios de humo azul y alcanfor.
Bogaba en las alcobas, bajo el granito húmedo,
un arcángel o sauce o cisne o corcel de llama
que las potencias últimas enviaban a mi sueño.
                        
                    Lloré, lloré, lloré.
¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?
Agua y frío rubí, transparencia diabólica
grababan en mi carne un tatuaje de luz.
Helada noche, ardiente noche, noche mía
como si hoy la viviera! Es doloroso y dulce
haber dejado atrás la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este poema.

 

Pere Gimferrer (Barcelona, 1945), de Arde el mar, Cátedra, 2009 [publicado originalmente en 1966]. 

viernes, 3 de abril de 2026

Sara de Ibáñez / Tres sonetos




De los muertos, II

Mi boca dio una flor para abolirse
sin repetir su fina arquitectura.
En el viento cayó su forma pura
y· fue en secretas tumbas a pudrirse.

Comenzó mi raíz a desasirse
y echó a andar sus arroyos de locura.
Sin fuentes ya, sobre la sombra dura
retorcieron su sed hasta morirse.

Con lumbre de palomas y rocío,
con el jazmín fantasma de la espuma,
con las curvas del vuelo y la caricia,

puedo reconstruirte, sueño frío,
en un hueco salobre de la bruma
donde la muerte su alfabeto inicia. 
 


Isla en el mar
 
Marineros gastados sobre el puente.
Niebla en la sangre; su mirada anegan
cicatrices de adioses y navegan
con un mapa de miel bajo la frente.
 
De pecho adentro marinera gente.
Firmes vigías que las algas ciegan
en el silencio en que los peces juegan.
Voy a llorar en vuestra lengua ausente.
 
Ni troncos, ni veleros en desvelo,
ni puños de cristal en la garganta,
ni dios sin rostro en el oscuro cielo.
 
Una tierra obediente a mi sonrisa,
un lugar sin raíz que gira y canta,
donde la muerte nunca tiene prisa. 
 
 
Isla en la luz
 
Se abrasó la paloma en su blancura.
Murió la corza entre la hierba fría.
Murió la flor sin nombre todavía
y el fino lobo de inocencia oscura.
 
Murió el ojo del pez en la onda dura.
Murió el agua acosada por el día.
Murió la perla en su lujosa umbría.
Cayó el olivo y la manzana pura.
 
De azúcares de ala y blancas piedras
suben los arrecifes cegadores
en invasión de lujuriosas hiedras.
 
Cementerio de angélicos desiertos:
guarda entre tus dormidos pobladores
sitio también para mis ojos muertos.
 
Sara de Ibáñez (Chamberlain, Tacuarembó, 1909 — Montevideo, 1971), de Poemas escogidos, Siglo XXI editores, 1974.

jueves, 2 de abril de 2026

Jorge Cuesta / Canto a un dios mineral

 


Canto a un dios mineral

Capto la seña de una mano y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
de la más leve que socava
el orbe de su vuelo,
se suelta y abandona a que se ligue
su ocio al de la mirada que persigue
las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
si no una certidumbre pensativa,
atesora una duda;
su amor dilata en la pasión desierta
sueña en la soledad, y está despierta
en la conciencia muda.

Sus ojos errabundos y sumisos,
el hueco son, en que los fatuos rizos
de nubes y de frondas
se apoderan de un mármol de un instante
y esculpen lafigura vacilante
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida
es el espacio mismo, y da cabida
vasto y mismo al suceso
que en las nubes se irisa y se desdora
e intacto, como cuando se evapora,
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
aun la sombra más íntima que veda
un receloso seno
¡en vano! pues al fuego no es inmune
que hace entrar en las carnes que desune
las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe,
túnicas tintas en el mal les ciñe,
las roe, las horada,
y a la crítica nuestra, si las mira,
por qué al museo su ilusión retira
la escultura humillada.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en una agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Íntegra la devuelve al limpio espejo,
ni otra, ni descompuesta en el reflejo
cuyas diáfanas redes
suspenden a la imagen submarina,
dentro del vidrio inmersa, que la ruina
detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua,
bajo esa tersa atmósfera de agua,
de un encanto el conjuro
en una isla a salvo de las horas,
áurea y serena al pie de las auroras
perennes del futuro!

Pero hiende también la imagen, leve,
del unido cristal en que se mueve
los átomos compactos:
se abren antes, se cierran detrás de ella
y absorben el origen y la huella
de sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro
no fija al hielo que se cuaja adentro
las flores de su nado;
una onda se agita, y la estremece
en una onda más desaparece
su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa,
y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
pues la memoria oprime
de la opaca materia que, a la orilla,
del agua en que la onda juega y brilla,
se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre.
Que del agua un relámpago deslumbre
o un sólido de humo
tenga en un cielo ilimitado y tenso
un instante a los ojos en suspenso,
no aplaza su consumo.

Obscuro parecer no la abandona
si sigue hacia una fulgurante zona
la imagen encantada.
Por dentro la ilusión no se rehace;
por dentro el ser sigue su ruina y yace
como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego
de la áurea llama, y consumirse luego,
en la ficción conmueve
el alma de la arcilla sin contorno:
llora que pierde un venturero adorno
y que no se renueve.

Aun el llanto otras ondas arrebatan,
y atónitos los ojos se desatan
del plomo que acelera
el descenso sin voz a la agonía
y otra vez la mirada honda y vacía,
flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere,
el vivo engaño a la pasión se adhiere
y apresura a los ojos
náufragos en las ondas ellos mismos,
al borde a detener de los abismos
los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria,
para una muda y condenada historia,
y acaricia las huellas
como si oculta obsecación lograra,
a fuerza de tallar la sombra avara
recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta,
pero es también vuelta hacia dentro, absorta,
el ser a quien rechaza
y en vano tras la onda tornadiza
confronta la visión que se desliza
con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra,
en sus recónditas cavernas entra
y ya libre en los muros
de la sombra interior de que es el dueño
suelta al nocturno paladar el sueño
sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas,
vastos depósitos de breves vidas,
guardan impenetrable
la materia sin luz y sin sonido
que aún no recoge el alma en su sentido
ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados
allí activan, sepultos y estrechados,
el hervor en el seno
convulso y sofocado por un mudo!
Y grava al rostro su rencor sañudo
y al lenguaje sereno.

Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
en el fondo aterrado, y no recibe
las ondas todavía
que recogen, no más, la voz que aflora
de un agua móvil al rielar que dora
la vanidad del día!

El sueño, en sombras desasido, amarra
la nerviosa raíz, como una garra
contráctil o bien floja;
se hinca en el murmullo que la envuelve,
o en el humor que sorbe y que disuelve
un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
y asciende un burbujear a la sorpresa
del sensible oleaje:
su espuma frágil las burbujas prende,
y las pruebas, las une, las suspende
la creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aún espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas,
en su entraña ya brilla, densa y plena
cuando allí late aún, y honda resuena
en las eternas rocas.

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante
en que la forma oculta y delirante
su vibración no apaga,
porque brilla en los muros permanentes
que labra y edifica, transparentes,
la onda tortuosa y vaga.

Oh, eternidad, la muerte es la medida,
compás y azar de cada frágil vida,
la numera la Parca.
Y alzan tus muros las dispersas horas,
que distantes o próximas, sonoras
allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro
rumor, como el sabor futuro
sólo la entraña guarde
y forme en sus recónditas moradas,
su sombra ceda formas alumbradas
a la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima
que el banal espacio, por encima
del hondo laberinto
las voces intrincadas en sus vetas
originales vayan, más secretas
de otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante
la lejana se une al titubeante
latido de la entraña;
al instinto un amor llama a su objeto;
y afuera en vano un porvenir completo
la considera extraña.

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabio que destila la tiniebla
es el propio sentid o que otros puebla
y el futuro domina.

 

Jorge Cuesta (Veracruz, 1903 — Ciudad de México, 1942), de Obra reunida I. Poesía, Fondo de Cultura Económica, 2014. 

miércoles, 1 de abril de 2026

Diane di Prima / Un ejercicio con amor

 


Un ejercicio con amor

                            para Jackson Allen

Mi amigo ata mi pañuelo a su cintura
yo le doy piedras de luna
él me da algas y conchas
él viene de una ciudad distante y yo lo encuentro
vamos a cultivar berenjenas y apio juntos
él me teje paños
 
                    Muchos han traído regalos
                    que uso para su placer
                    seda, y colinas verdes
                    y garzas color ocaso
 
Mi amigo camina suave como si tejiera el viento
él da contraluz a mis sueños
él ha construido altares a un lado de mi cama
me despierto al aroma de su pelo y no puedo recordar
su nombre, o el mío.
 

An Exercise in Love

                            for Jackson Allen

My friend wears my scarf at his waist
I give him moonstones
He gives me shell & seaweeds
He comes from a distant city & I meet him
We will plant eggplants & celery together
He weaves me cloth

                   Many have brought the gifts
                   I use for his pleasure
                   silk, & green hills
                   & heron the color of dawn

My friend walks soft as a weaving on the wind
He backlights my dreams
He has built altars beside my bed
I awake in the smell of his hair & cannot remember
his name, or my own.

Diane di Prima (Nueva York, 1934 — San Francisco, 2020), de Pieces of a Song, City Lights Books, 1990. 
Versión de N. Pérez Pérez.