De los muertos, II
Mi boca dio una flor para abolirse
sin repetir su fina arquitectura.
En el viento cayó su forma pura
y· fue en secretas tumbas a pudrirse.
Comenzó mi raíz a desasirse
y echó a andar sus arroyos de locura.
Sin fuentes ya, sobre la sombra dura
retorcieron su sed hasta morirse.
Con lumbre de palomas y rocío,
con el jazmín fantasma de la espuma,
con las curvas del vuelo y la caricia,
puedo reconstruirte, sueño frío,
en un hueco salobre de la bruma
donde la muerte su alfabeto inicia.
Isla en el mar
Marineros gastados sobre el puente.
Niebla en la sangre; su mirada anegan
cicatrices de adioses y navegan
con un mapa de miel bajo la frente.
De pecho adentro marinera gente.
Firmes vigías que las algas ciegan
en el silencio en que los peces juegan.
Voy a llorar en vuestra lengua ausente.
Ni troncos, ni veleros en desvelo,
ni puños de cristal en la garganta,
ni dios sin rostro en el oscuro cielo.
Una tierra obediente a mi sonrisa,
un lugar sin raíz que gira y canta,
donde la muerte nunca tiene prisa.
Isla en la luz
Se abrasó la paloma en su blancura.
Murió la corza entre la hierba fría.
Murió la flor sin nombre todavía
y el fino lobo de inocencia oscura.
Murió el ojo del pez en la onda dura.
Murió el agua acosada por el día.
Murió la perla en su lujosa umbría.
Cayó el olivo y la manzana pura.
De azúcares de ala y blancas piedras
suben los arrecifes cegadores
en invasión de lujuriosas hiedras.
Cementerio de angélicos desiertos:
guarda entre tus dormidos pobladores
sitio también para mis ojos muertos.
Sara de Ibáñez (Chamberlain, Tacuarembó, 1909 — Montevideo, 1971), de Poemas escogidos, Siglo XXI editores, 1974.
No hay comentarios:
Publicar un comentario