lunes, 4 de mayo de 2026

Salvatore Quasimodo / Tres poemas

 Salvatore Quasimodo (1901–1968) | PICRYL - Public Domain Media Search  Engine collections
 
 
Nació en Módica, al sur de Sicilia, cerca del Mediterráneo. 
Alguna vez yo también creí haber olvidado el mar. Bastó con que pasaran un par de años para que me convenciera de que aquello no era apenas un pensamiento pasajero, sino más bien un hecho. ¿Quién es el mar? Un siempre para un nunca. Conocí a Quasimodo precisamente por ese poema, y yo, que como Cernuda en el sur tan distante quiero estar confundido, sentí una complicidad difícil de disimular. Cada vez más al norte, cada vez más hacia el punto con el que las brújulas dirigen. Más al norte y más desnorteado. 
Unos días atrás me volví a topar con un viejo poema —bastante malo, por cierto— que escribí cerca de los 18 años. De él, si acaso, es destacable una idea: me aturde la voz de una marea / que rompe a quinientos kilómetros. Así llegó el recuerdo de que Quasimodo, habiendo olvidado el mar, lo sentía de igual forma. Dice en breve y hermoso poema: «Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar, / leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa. / Eco de una voz encerrada en la mente / que resurge del tiempo [...]». 
Recordé. Recordar proviene, según recuerdo —ja—, del latín recordari, de cuyas partículas se deduce un re—cordis, o sea, un volver a pasar por el corazón, enhebramiento, madeja devanada. Recuerdo también que el verbo olvidar en italiano adopta dos formas: scordare dimenticare. Scordare, como recordar [ricordare], es un verbo cardíaco, extraer del corazón, expulsar, «descorazonarse», a fin de cuentas, desvivirse. El pulso emocional y connotativo de la memoria que fluye apasionada por la sangre. Dimenticare supone en un primer momento un modo denotativo del hecho, el haber perdido fuera de la mente —quizá incluso haber perdido la cabeza—; es a la mente a la que se la despoja de la memoria, es el ingrediente que nos falta para la comida, la canción del verano pasado, es la hora a la que pasa cierto ómnibus, el nombre de una fórmula matemática, es el significado de un tecnicismo. 
Quasimodo, en Lamento por el sur, emplea ambas formas aunque sólo escribe dimenticare. Y de qué forma, además: Ho dimenticato il mare, he olvidado el mar. Poco antes, le habla al norte de la Lombardía, le jura tener su corazón en sus planicies, sus nieves, en el color de sus mujeres. Allí, en su ritmo cardíaco, convive con el sur, al que sólo ha sacado de su cabeza, al que quiere anular de su pensamiento por no poder quitar de su corazón, aun con toda la infamia con que los hombres han tratado de envilecerlo, el sur por el que escribe este lamento de amor sin amor. 
Murió en Nápoles, el Sur.


Ed è subito sera
 
Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra,
atravesado por un rayo de sol:
de pronto es la noche. 
 

Lamento por el sur
 
La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, los campos de nieve...
Mi corazón ya está en estas praderas,
en estas aguas empañadas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
los cantos de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los algarrobos,
he olvidado el paso de las garzas y de las grullas 
en el aire del verde altiplano  
por la tierra y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita donde sea la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur. 
 
Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a orillas de las ciénagas de malaria,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a las montañas,
obligan a sus caballos bajo mantos de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas,
nuevamente rojas, todavía rojas, todavía rojas.
Ya nadie me llevará al sur.

Y esta tarde cargada de invierno
es todavía nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzura y de furia,
un lamento de amor sin amor. 
 
 
Se oye otra vez el mar

Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar,
leve, arriba y abajo sobre la arena lisa.
Eco de una voz encerrada en la mente
que resurge del tiempo; y también este
lamento asiduo de gaviotas; quizá
pájaros de las torres, que abril
empuja hacia la llanura. Ya
estabas a mi lado con esa voz;
y quisiera que a vos también te llegase,
ahora, de mí un eco de memoria,
como ese oscuro murmurar del mar. 
 
 
Salvatore Quasimodo (Módica, 1901 — Nápoles, 1968).
Versiones de N. Pérez Pérez 
 

Ed è subito sera
 
Ognuno sta solo sul cuor della terra
trafitto da un raggio di sole:
ed è subito sera.» 


Lamento per il sud

La luna rossa, il vento, il tuo colore
di donna del Nord, la distesa di neve…
Il mio cuore è ormai su queste praterie,
in queste acque annuvolate dalle nebbie.
Ho dimenticato il mare, la grave
conchiglia soffiata dai pastori siciliani,
le cantilene dei carri lungo le strade
dove il carrubo trema nel fumo delle stoppie,
ho dimenticato il passo degli aironi e delle gru
nell’aria dei verdi altipiani
per le terre e i fiumi della Lombardia.
Ma l’uomo grida dovunque la sorte d’una patria.
Più nessuno mi porterà nel Sud.

Oh, il Sud è stanco di trascinare morti
in riva alle paludi di malaria,
è stanco di solitudine, stanco di catene,
è stanco nella sua bocca
delle bestemmie di tutte le razze
che hanno urlato morte con l’eco dei suoi pozzi,
che hanno bevuto il sangue del suo cuore.
Per questo i suoi fanciulli tornano sui monti,
costringono i cavalli sotto coltri di stelle,
mangiano fiori d’acacia lungo le piste
nuovamente rosse, ancora rosse, ancora rosse.
Più nessuno mi porterà nel Sud.
 
E questa sera carica d’inverno
è ancora nostra, e qui ripeto a te
il mio assurdo contrappunto
di dolcezze e di furori,
un lamento d’amore senza amore.

S’ode ancora il mare

Già da più notti s’ode ancora il mare,
lieve, su e giù, lungo le sabbie lisce.
Eco d’una voce chiusa nella mente
che risale dal tempo; ed anche questo
lamento assiduo di gabbiani: forse
d’uccelli delle torri, che l’aprile
sospinge verso la pianura. Già
m’eri vicina tu con quella voce;
ed io vorrei che pure a te venisse,
ora, di me un’eco di memoria,
come quel buio murmure di mare.



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