El cristal, el cristal búdico, lleno de imágenes y sin imagen suya; el que toma mi rostro y me lo devuelve y que recibe los crepúsculos desenfrenados y no se queda con su sangre; el que lava la lluvia —la lluvia eterna y la tierra sensual— y se queda maravillosamente enjuto.
El cristal que recoge las formas y que entrega las formas; el cristal con marina, el cristal con el bosque entero en las ventanas, por él suntuosas, de los pobres; el cristal de los vasos en que el vino se cree solo, enderezado en la atmósfera por maravilla, y el agua se piensa en una fuente sin contorno. El cristal que guarda la llama de la lámpara y cuya mejilla no se pone a arder. El cristal siempre alegre como el justo, sin mancha suya, sin lágrimas suyas, cuanto más cargado de la lágrima ajena, inocente como un Abel de la tierra.
El cristal sin venas para sangre ni anudado de muñecas; el cristal unánime; el cristal que no engruesa ni soporta añadidura suficiente como lo perfecto.
El cristal, única envidia de mi alma.
El cristal que sirvió al agua en su deseo de permanecer, de quedar en el cuenco de la mano sin traición, de ser leal al ojo que la mira y la amé, como la mujer más leal, y que dio al agua un segundo cuerpo que no se le escape como la saeta, loco de su propio pudor.
El cristal de nuestras ventanas, donde la noche apoya sus manos como una gran hiedra, para ser vista y que no la olvidemos completamente.
El cristal de mi deseo, el cristal que está sentado en medio del fermento de las criaturas y que no hervirá nunca, y nunca será de nadie sino de sí mismo.
El cristal, fresco como una sien siempre fresca, guardado de la vejez desde su primer día, con infancia durable y sin madurez bella y sin madurez fea.
El cristal, descubierto con gozo como un Cristo, por los hombres que después de él no han logrado hallazgo mejor que ese hallazgo.
El cristal que sale siempre imprevisto e inesperado de la mano de los obreros, que sienten un poco de vergüenza de que les salga así de parecido al alma, desde las manos suyas, negras y anudadas.
Los obreros que hicieron toda su vida cristales, llegaron al cielo y encontraron que era eso mismo que ellos hacían sobre la tierra: un cristal limpio anulado de las distancias, de la grande y de la pequeña y en el que Dios estaba tan lejos y tan cerca que asustaba; ellos, sin saberlo, habían sido atrapados en un cristal tomados con su rostro, sus hombros y sus pies y vieron sus segundos hombros y pies liberados de corrupcion. Ellos viven todavia su asombro de aprender que ellos también eran materia de cristal cuando se movian en el taller echando sombras duras hacia los lados. Los obreros de los cristales recompensados por su mano, que anduvo en el fuego como la salamandra enderezando y acostando crisoles.
Los obreros de los metales Ilegaron a un cielo violento de cobre y estan contentos de su dicha violenta; los obreros de la madera llegaron a un cielo con olor de pino marítimo, sin resonancia, sordo y enjuto y como envejecido. Los obreros de los cristales están mirando desde su cielo los demas: el cielo de cobre, el de pino y todavia los otros.
Gabriela Mistral (Vicuña, 1889 — Nueva York, 1957), de Elogio de las cosas del mundo, Editorial Andrés Bello, 1979.
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