martes, 31 de marzo de 2026

Miguel de Cervantes / Al túmulo del Rey Felipe II en Sevilla

 

A la muerte del rey Felipe II, el Prudente, se erigió en Sevilla un monumento funerario para celebrar las exequias. Fue especialmente costoso, atiborrado con el lujo de los ornamentos más hermosos imaginables por aquellas mentes desnorteadas tras la caída de la cabeza fundamental del imperio. Su Majestad Felipe falleció el 13 de septiembre de 1598, y ya para el 30 de diciembre del mismo año el complejo aparato ceremonial del túmulo ya había sido desmontado. Allí, a fin de cuentas, rey o no rey, prudente o insensato, yacía apenas el cadáver de un hombre. Cualquier trabajador lo entenderá: sí, sí, hermoso, hermosísimo sin dudas, pero nada más: tomar el sombrero, hacerse con las armas de uno mismo —la espada, sustento de ofensa y defensa—, mirar así de reojo casi como un pretexto, irse, partir, irse a trabajar, irse, y que no haya nada, nada. 108 días es lo que duró el túmulo. Irse.

Cervantes, otro incontinente, incapaz de reducir el poema a la constricción formal de los catorce versos del soneto, debe añadir, en una transgresión de los métodos, un estrambote, el terceto adicional del final. ¿El soneto no basta para abarcar la grandeza del túmulo funerario del rey? En verdad, el soneto resulta insuficiente para expresar que toda esa grandeza fúnebre no vale para nada, pues resulta apenas una formalidad, como las reglas mismas del soneto; por tanto está justificado que ambas deban romperse y destrozarse. En las ruinas sonetinas, el poeta soldado Cervantes, tras haber visto las aguas del mar Jónico tiñiéndose de sangre en Lepanto, elogia las ruinas de la vida. Soslayo, nada, irse.

 

Al Túmulo del Rey Felipe II que se hizo en Sevilla

«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo! Cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!

Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente.»

Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
lo que dice voacé*, seor* soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.»

Y luego, encontinente,
caló el chapeo*, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

 

Notas:

*voacé: Cervantes trata de imitar la forma de hablar de los soldados, teniendo buen conocimiento de causa, por supuesto, habiendo sido él mismo soldado en Lepanto, saliendo de allí cautivo —por siempre— y manco. Dice «cuando la forma vos se desgastó como pronombre de respeto, fue sustituida por vuestra merced, que se contrajo en el actual usted, si bien se usaron diversas formas intermedias: vuasted, vusted, voacé...»

*seor: «En el lenguaje hablado del Siglo de Oro podía emplearse señor contraído como seor, sor, so. Esta última forma se ha conservado para intensificar el sentido de palabras insultantes. 

*chapeo:  «sombrero», galicismo proveniente chapeau, literalmente, «sombrero» en francés.

 

 

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 — Madrid, 1616) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario